sábado, 15 de febrero de 2020

APRENDER A ESTAR AQUI Y AHORA





Todos los viajes se inician en el oriente de la rueda sagrada. Al comienzo, toda nuestra atención se centra en el camino y nos concentramos en los primeros pasos. Uno de los dones más importantes que se recibe en el oriente es el de concentrarse en el momento presente. En la infancia (el oriente es también el punto de la niñez), sabíamos hacerlo instintivamente. Cuando éramos niños, una hermosa mari­posa o cualquier otro aspecto de la naturaleza que nos interesaba atraía toda nuestra atención. Nada nos distraía de esa mariposa, de un pedacito de tierra o de un juguete. En muchos casos se ha elegido como símbolo de esta capacidad a la Laucha. Nuestra hermanita Laucha hace todo lo que hace con todo su ser diminuto.


Muchas personas son incapaces de hacer esto. Están constantemente pensando en el futuro o el pasado, mirando hacia afuera o hacia adentro, o hacia algún punto lejano, pero rara vez se concentran en el momento presente. El don de vivir plenamente en el presente nos ayuda a realizar tareas físicas que exigen que todos nuestros sentidos estén alertas y que nos entreguemos por completo a lo que estamos haciendo. La caza, especialmente la tradicional, es un ejemplo de actividad que exige una concentración total para realizarla como se debe. Otros ejemplos son las labores manuales, como la fabricación de collares; la costura o la carpintería; el aprendizaje de las técnicas de sanación; el tocar un instrumento musical y los deportes. Todas ellas exigen una entrega total. Ese es el don singular de nuestra hermanita Laucha. Aprender a hacerlo es la primera etapa del desarrollo del poder de la voluntad.
Sin embargo, esto encierra un peligro. Quien ha adquirido esta capacidad en el oriente también tiene que aprendera escuchar las advertencias que resuenan como


un trueno o brillan como un relámpago en su interior (una enseñanza del poniente). De lo contrario, podríamos pare­cemos a la Laucha que, por estar muy concentrada recogien­do semillas, no percibe el peligro que la acecha y cae en las garras de una lechuza hambrienta. También tenemos que ser capaces de mirar hacia el futuro (una enseñanza del sur) para ver todos los aspectos de lo que está ocurriendo (otra enseñanza del oriente), lo que nos conduce a la felicidad y el bienestar.
Quien no haya aprendido las enseñanzas del norte, y que por lo tanto es muy orgulloso o insensible para escuchar a los demás, o que jamás se ha detenido en el poniente de la rueda sagrada para reconocer su fragilidad, puede creer que es muy importante como para ayudar a su pueblo.
No es una casualidad que una de las criaturas más humildes (la laucha) y una de las más nobles (el águila) sean ambas maestras del oriente, porque la grandeza de espíritu y la humildad son dos caras de la misma moneda. El verdadero liderazgo consiste en servir al pueblo.
sagrada. La mayoría de la gente regresa al oriente muchas
Sólo cuando servimos a los demás con humildad podemos desarrollar nuestra auténtica naturaleza humana. Esta es la más valiosa de todas las enseñanzas de la rueda veces a lo largo de su vida sólo para recibir esta enseñanza.
Si uno intentara describir todas las enseñanzas del oriente, o de cualquier otro punto de la rueda sagrada, podría tardar más de mil vidas en hacerlo. El caballo que conduce al viajero en la búsqueda de los dones de los cuatro puntos cardinales se llama Paciencia. Sin Paciencia, el viajero no podrá seguir avanzando. Continuemos ahora nuestro reco­rrido de la rueda sagrada.

LOS DONES DEL NORTE






El norte es el lugar donde se encuentra el sol en su punto más alto. Es el lugar del verano, de la plenitud, de la fuerza física y del bienestar. El lugar de la juventud. También representa la época en que la gente trabaja, prepa­rándose para enfrentar el otoño y el invierno. En este sentido, es el lugar que simboliza la preparación para el futuro, para los días venideros.

El norte es también el lugar del corazón, de la genero­sidad, del respeto de la sensibilidad de los demás, de la lealtad, de las pasiones nobles y del amor.

Pero el amor que se aprende en el norte no es el amor incondicional hacia toda la creación que siente un niño de corazón puro. Tampoco es el amor que nuestra hermana águila siente por todos en su solitano vuelo sobre el mundo, y que tiene que aprender en el poniente.

El amor que se aprende en el norte es el de una persona por otra. ¡Cuánto anhelamos estar con la persona que amamos! Y cuán fácil es que este anhelo se convierta en afán de posesión y de control de la persona amada; en deseo de que nos pertenezca sólo a nosotros. Podemos recordar esta enseñanza a través del símbolo del hermoso rosal, perfuma­do y frágil, tan atractivo que nos dan deseos de tocarlo; pero que debajo de sus hojas suaves y verdes tiene espinas afiladas que pueden herir al que intente apoderarse de su belleza.


El norte de la rueda sagrada también es el lugar de las grandes pruebas físicas. Allí tenemos que aprender a controlar nuestro cuerpo como si fuese un hermoso caballo o perro, para que responda a todas las órdenes que le demos sin tratar de llevamos donde él quiera.

Muchas personas se comportan como si su cuerpo las controlara. No puede distinguir los impulsos del cuerpo (la preferencia por ciertos alimentos y bebidas, el deseo sexual, el sueño, etc.) de lo que es bueno y auténtico. La determi­nación (un aspecto de la voluntad) es esencial para discipli­nar al cuerpo y, por lo tanto, para lograr nuestros propósitos y alcanzarlas metas que nos hayamos fijado. La capacidad de elegir nuestras metas y de esforzamos por alcanzarlas es la segunda etapa del desarrollo de la voluntad.


La vista, el oído, eltactoy el gusto y los demás sentidos son dones del cuerpo que pueden desarrollarse y manejarse para que sirvan al ser humano en su totalidad.

En el norte, el caminante también recibe el don de la música, y la capacidad de moverse con gracia, de apreciar las artesy de distinguir sutilmente a través de los ojos, el oído y el gusto. El puma puede ser un símbolo de la capacidad física en su máxima expresión y de la agudeza de los sentidos.
Pero el puma es sólo uno de los maestros simbólicos del norte. La capacidad de concentración que nos enseñó en el oriente nuestra hermanita Laucha, en el norte se transforma en una estrecha relación con el mundo. En el norte, el viajero aprende el idealismo que está presente en todas las grandes causas.

El idealismo es una respuesta del corazón a la belleza o la fealdad en el mundo que nos rodea. No siempre está enraizado en un discernimiento espiritual profundo (una lección que se puede aprender en el norte de la rueda sagrada). En realidad, es una atracción afectiva por lo que es bueno o un rechazo emocional frente a lo malo o dañino.

El desarrollo de las capacidades afectivas del amor, la lealtad, la generosidad, la compasión y la benevolencia, por una parte, y de la capacidad de reaccionar con enojo ante la violencia sin sentido, por otra, son enseñanzas importantes que se reciben en el norte.
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Por otra parte, el reprimir el dolor o la ira sin expresarlos puede provocamos un gran daño físico, emocional, mental y espiritual. Hay momentos en que las lágrimas de aflicción bajan del Padre Cielo a la Madre Tierra para que toda la creación aprenda a llorar; porque mientras no logremos comprender y expresar la ira, el resentimiento y el dolor que ocultamos, estas emociones serán un obstáculo que nos impedirá actuar con inteligencia y expresar verdadero amor y bondad. Esto es lo que ocurre actualmente a muchos miembros de nuestro pueblo.


Nuestras emociones (la ira, el temor y el amor, entre otras) no son algo que nos “suceda”, como una piedra que nos cae en la cabeza. La expresión “¿qué te pasa?” demuestra que mucha gente cree que lo que siente es algo que le viene de afuera. Sin embargo, los sabios maestros y ancianos saben que somos capaces de razonar y controlar nuestras emociones por medio de la voluntad.  

La voluntad no sólo nos permite controlar y desarro­llar el cuerpo, sino también disciplinar las emociones. Por ejemplo, los que “pierden los estribos” cuando no consiguen lo que quieren no han aprendido a disciplinar su aspecto emocional. Quienes reaccionan con tanto nerviosismo o temor ante una emergencia que no pueden protegerse ni ayudar a los demás tampoco han aprendido a disciplinar sus emociones.

El don más difícil de adquirir y más valioso que debemos buscar en el norte de la rueda sagrada es la capacidad de expresar abiertamente nuestras emociones, pero de tal manera que no hieran a los demás.


El valor práctico de todo esto es que nos dará la capacidad de dejar de lado nuestra ira, nuestro dolor o nuestra aflicción, y de escuchar o ayudar a quienes nos rodean. También nos permitirá expresar sanamente las emociones que nos impiden actuar con efícacia y claridad.

El sauce rojo, el otro gran maestro del norte, es el símbolo de esta importante enseñanza. El sauce es a la vez el árbol más fuerte y el más flexible del bosque. Sobrevive a las inundaciones, los incendios y las sequías. Cede ante las fuerzas que destruyen a los demás árboles, pero siempre vuelve a erguirse. La enseñanza del hermano sauce puede evocarse a través de la hermosa música de los silbatos y las flautas que fabricamos con sus ramas.

Continuemos ahora nuestro recorrido simbólico de la rueda sagrada, porque nos queda mucho por aprender.

LOS DONES DE PONIENTE



El poniente es el punto cardinal de donde proviene la oscuridad. Es el lugar de lo desconocido, del recogi­miento, de los sueños, de la oración y de la meditación. El poniente es el lugar de las pruebas, donde la voluntad se enfrenta a enormes exigencias para adquirir el don de la perseverancia. Perseverar significa seguir haciendo algo, aunque nos resulte difícil.
Cuanto más nos acercamos a una meta, más difícil se nos hace el camino. La capacidad de perseverar ante un obstáculo, a pesar de las dificultades y el dolor que eso suponga, es una importante enseñanza del poniente. Es la tercera gran lección sobre el desarrollo de la voluntad.
Como los truenos y los relámpagos nacen en el poniente, éste simboliza el poder. En muchas tradiciones, el poniente es el lugar donde viven los Seres del Trueno que tienen diversos poderes. El poder de sanar. El poder de proteger y defender. El poder de ver y de conocer. El caminante debe aprender aquí a ejercer el poder en armonía con las enseñanzas universales del Arbol Sagrado.
Los dos maestros simbólicos del poniente son el oso negro y la tortuga. Quien haya llegado al poniente y haya recibido los dones que le esperan allí tendrá, al igual que el oso negro, una gran fuerza. Pero la fuente de esa fuerza se encuentra en el fondo de su ser. Como el oso que se retira a un lugar oscuro y aislado para huir del frío invernal, quien ha recibido las enseñanzas del poniente logra equilibrar la auténtica lealtad del norte con el profundo discernimiento espiritual. Este discernimiento se logra dando la espalda a las distracciones del mundo y alejándose de él para orar y enfrentar las pruebas.
La tortuga es uno de los guías simbólicos que nos acompañan en el camino interior. La tortuga no solo nos enseña a retraemos; también da el don de la perseverancia (de seguir avanzando aunque resulte difícil) a quienes adquieren sus costumbres.
En el centro de nuestro ser podemos sentir la conexión que existe entre el espíritu humano y el resto del universo. También podemos sentir la conexión entre el espíritu huma­no y el Creador. Este es el don de la oración.
Día a día debemos hacer un gran esfuerzo para poner­nos en contacto con nuestra profunda capacidad interior de aprendizaje y de responder a las pruebas. Los mayores nos han enseñado que cada mañana al levantamos, y cada noche al irnos a dormir, debemos encontramos a solas con nuestro Creador. Podemos destinar una pieza de nuestra casa o parte de una pieza o algún otro lugar especial para ese encuentro, y retiramos todos los días a ese lugar para orar, meditar y entregamos a una profunda reflexión.

LOS OBJETOS SAGRADOS

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lo largo de su camino, muchas personas van juntando objetos que tienen un valor especial para ellas. Estos pueden provenir de la naturaleza, como en el caso de una pluma, una piedrecita o una hierba especial. Por lo general simbolizan hitos del camino espiritual de quien los posee. 
Si aprendemos a utilizar estos objetos, es posible que nos ayuden a reconocer que las cosas comunes y corrientes pueden tener un gran valor en nuestra vida espiritual. 

Cuando una persona entiende que los objetos no tienen ningún poder en sí mismos, sino que encierran un sentido para quien los usa, el uso de los objetos sagrados le puede ayudar mucho a centrarse y prepararse para orar y meditar.

LA FALTA DE TIEMPO PARA LA VIDA INTERIOR

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Tenemos que dedicar parte de nuestro tiempo a la oración y la meditación. Debemos damos tiempo para reflexionar profundamente sobre la razón por la cual hemos sido creados y lo que debemos hacer con nuestra vida. Debemos damos tiempo para escuchar con todo nuestro ser los consejos del universo. Si no lo hacemos, seremos como un ave que no ha aprendido a volar. A pesar de que su cuerpo puede volar, hay algo que le falta. Ser una persona integral es estar realmente vivo física, emocional, mental y espiritualmente.

LAS MANIFESTACIONES DEL VACIO ESPIRITUAL






Cuando a una persona le desagrada estar a solas, sobre todo en silencio, esto es un indicio de que debe hacer un gran esfuerzo en el proceso del crecimiento espiritual. Muchas personas recurren a la televisión o a la música para huir del silencio y no enfrentarse a lo que realmente son.

En el proceso de desarrollo personal, todos los seres humanos tenemos que aprender a enfrentamos a nosotros mismos a solas y en silencio, y a queremos porque el Creador nos ha hecho hermosos. Cuando seamos capaces de hacerlo, y hayamos adquirido esta fortaleza, nadie podrá rebajamos ni miramos en menos; tampoco podrá desviarnos de lo que sabemos que debemos hacer o ser.

Otro indicio que le advierte al viajero que su corazón no ha recibido los dones del poniente es el no sentir respeto por los mayores o por el esfuerzo y las actividades espirituales de los demás. El reírse y burlarse de lo espiritual es como decir “siento un vacío dentro de mí que tengo que ocultar con mi risa fingida o criticando a los demás”.

LA ENSEÑANZA MAS VALIOSA DE PONIENTE




Lo más importante que podemos aprender de los maestros simbólicos del poniente es a aceptamos como realmente somos, como seres físicos y espirituales, y a no volver a alejamos del aspecto espiritual de nuestra naturaleza.

El poniente es el lugar del sacrificio. En el poniente aprendemos que no se puede tomar nada del universo sin entregarle algo a cambio. Cada don de la rueda sagrada tiene su precio. Sin embargo, algún día aprenderemos que el misterio del sacrificio es que no hay sacrificio.

Desde el poniente podemos mirar hacia el oriente, hacia el lugar de la inocencia y de los orígenes. Allí podemos vemos de pie y desnudos en el universo, vulnerables y pequeños ante las estrellas. Sólo cuando nos veamos así, recibiremos el don de la humildad.

También podemos mirar hacia el norte, y vemos allí luchando por controlar nuestro cuerpo y purificar nuestras emociones. Allí contemplaremos el dolor del amor en nuestros ojos y la intensidad de la convicción en nuestro rostro, y comprenderemos que todo eso es bueno. Pero veremos también que no son más que hitos en un viaje muy largo. Entonces recibiremos el don del discernimiento espiritual.




Cuando observamos nuestra vida con una mirada espiritual, comprendemos por qué nos ha enviado al mundo el Creador.

Cuando en el camino simbólico hacia el poniente recibamos los dones de la oración y la meditación, llegare­mos aconocer al Creador (aunque nunca completamente) y también llegaremos a amarlo. Ese amor será tan intenso como una llama que consume a todos los demás amores, como ocurre con la polilla que es consumida por la llama de una vela de la que no puede alejarse. Entonces sabremos que de algún modo ese amor nos permite lograr uno de los principales propósitos de nuestra vida.
Cuando miremos desde el poniente y nos veamos esforzándonos por aprender la disciplina del norte, com­prenderemos que nuestro recorrido por los cuatro puntos cardinales, para recibir los dones y las enseñanzas de todos ellos, nos permite alcanzar otro de los grande propósitos del Creador. Comprenderemos que todos los seres humanos deben esforzarse (poco apoco, día tras día) por desarrollar­se todo lo que pueden.
Y entonces miraremos hacia el horizonte del oriente, donde nuestra hermana águila vuela muy alto. La veremos allí, dispuesta a servir a su pueblo y a hacer todo lo que pueda por ayudar a todos sus miembros a recorrer juntos la rueda sagrada, para que su civilización se desarrolle y florezca. Y entonces comprenderemos que tenemos que seguir su ejem­plo, cada cual a su modo. Porque ese es el propósito del Creador.
Hay muchos otros dones que el viajero puede encon­trar en el poniente, como el don de ayunar, el don de la ceremonia, el don del autoconocimiento esclarecido y el don de la visión. Todos son importantes, aunque el don de la visión tiene una importancia especial.
Es importante comprender claramente, guiados por nuestra visión interior, lo que podemos llegar a ser si tomamos el camino correcto. Esta visión es tan necesaria para el desarrollo humano como son la lluvia y el sol para el crecimiento de las plantas, porque los seres humanos crecen y se desarrollan como consecuencia de las decisiones que toman. Tenemos que tener una visión o una meta, un ideal que nos guíe; de lo contrario, no podremos saber lo que debemos hacer. También es muy importante que nuestra visión sea certera. Muchas personas se creen mucho menos de lo que podrían llegar a ser. Como no conciben ninguna otra posibilidad para sí mismos fuera de su falta de desarro­llo, dejan de esforzarse y abandonan el recorrido simbólico de la rueda sagrada.
Cuando tiene el vigor juvenil del norte, el corazón se siente atraído por metas e ideales; pero éstos pueden ser buenos o no serlo.
La visión espiritual interior que nos transmiten los maestros simbólicos del poniente nos ayuda a juzgar nues­tros ideales, metas y acciones a partir de una comprensión espiritual de lo que es en realidad el ser humano, y de cómo crece y se desarrolla.