Lo más importante que podemos
aprender de los maestros simbólicos del poniente es a aceptamos como realmente
somos, como seres físicos y espirituales, y a no volver a alejamos del aspecto
espiritual de nuestra naturaleza.
El poniente es el lugar del sacrificio. En el poniente
aprendemos que no se puede tomar nada del universo sin entregarle algo a
cambio. Cada don de la rueda sagrada tiene su precio. Sin embargo, algún día
aprenderemos que el misterio del sacrificio es que no hay sacrificio.
Desde el poniente podemos mirar hacia el oriente, hacia el
lugar de la inocencia y de los orígenes. Allí podemos vemos de pie y desnudos
en el universo, vulnerables y pequeños ante las estrellas. Sólo cuando nos
veamos así, recibiremos el don de la humildad.
También podemos mirar hacia el norte, y vemos allí luchando
por controlar nuestro cuerpo y purificar nuestras emociones. Allí
contemplaremos el dolor del amor en nuestros ojos y la intensidad de la
convicción en nuestro rostro, y comprenderemos que todo eso es bueno. Pero
veremos también que no son más que hitos en un viaje muy largo. Entonces
recibiremos el don del discernimiento espiritual.
Cuando observamos nuestra vida con una mirada espiritual,
comprendemos por qué nos ha enviado al mundo el Creador.
Cuando en el camino simbólico hacia el poniente recibamos los
dones de la oración y la meditación, llegaremos aconocer al Creador (aunque
nunca completamente) y también llegaremos a amarlo. Ese amor será tan intenso
como una llama que consume a todos los demás amores, como ocurre con la polilla
que es consumida por la llama de una vela de la que no puede alejarse. Entonces
sabremos que de algún modo ese amor nos permite lograr uno de los principales
propósitos de nuestra vida.
Cuando miremos desde el poniente y nos veamos esforzándonos
por aprender la disciplina del norte, comprenderemos que nuestro recorrido por
los cuatro puntos cardinales, para recibir los dones y las enseñanzas de todos
ellos, nos permite alcanzar otro de los grande propósitos del Creador.
Comprenderemos que todos los seres humanos deben esforzarse (poco apoco, día
tras día) por desarrollarse todo lo que pueden.
Y entonces miraremos hacia el horizonte del oriente, donde
nuestra hermana águila vuela muy alto. La veremos allí, dispuesta a servir a su
pueblo y a hacer todo lo que pueda por ayudar a todos sus miembros a recorrer
juntos la rueda sagrada, para que su civilización se desarrolle y florezca. Y
entonces comprenderemos que tenemos que seguir su ejemplo, cada cual a su
modo. Porque ese es el propósito del Creador.
Hay muchos otros dones que el viajero puede encontrar en el
poniente, como el don de ayunar, el don de la ceremonia, el don del autoconocimiento
esclarecido y el don de la visión. Todos son importantes, aunque el don de la
visión tiene una importancia especial.
Es importante comprender claramente, guiados por nuestra
visión interior, lo que podemos llegar a ser si tomamos el camino correcto.
Esta visión es tan necesaria para el desarrollo humano como son la lluvia y el
sol para el crecimiento de las plantas, porque los seres humanos crecen y se
desarrollan como consecuencia de las decisiones que toman. Tenemos que tener
una visión o una meta, un ideal que nos guíe; de lo contrario, no podremos
saber lo que debemos hacer. También es muy importante que nuestra visión sea
certera. Muchas personas se creen mucho menos de lo que podrían llegar a ser.
Como no conciben ninguna otra posibilidad para sí mismos fuera de su falta de
desarrollo, dejan de esforzarse y abandonan el recorrido simbólico de la rueda
sagrada.
Cuando tiene el vigor juvenil del norte, el corazón se siente
atraído por metas e ideales; pero éstos pueden ser buenos o no serlo.
La visión espiritual interior que nos transmiten los maestros
simbólicos del poniente nos ayuda a juzgar nuestros ideales, metas y acciones
a partir de una comprensión espiritual de lo que es en realidad el ser humano,
y de cómo crece y se desarrolla.

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