Es posible que el viajero se sienta tan atraído
por los dones de un punto cardinal que se olvide del camino y desee quedarse a
vivir eternamente junto a esos maestros, que lo han cautivado.
Por ejemplo, una persona puede llegar a creer que si ha recibido
los valiosos dones intelectuales del sur no necesita seremos buenos líderes mientras no hayamos librado las batallas más
ementas y enfrentado todas las pruebas desde nuestro ser interior. Entonces
podremos expresar amor incondicional y fe, en todo momento y en todas las
circunstancias seguir aprendiendo. El deseo de
quedarse a vivir para siempre en un punto cardinal es muy peligroso. Nuestro
verdadero hogar está en el centro del universo y siempre debemos regresar allí.
Si una persona se aparta del camino por sentir que ha
encontrado todo lo que necesita en los dones de un punto cardinal, puede sufrir
una gran pérdida, porque estará renunciando a una parte importante de su ser y
creará un desequilibrio que puede ser muy negativo.
La persona que desee quedarse en el sur, ignorando los
dones de los otros puntos cardinales, quedará atrapada en un frío glacial como
el del invierno. Se alejará del calor de su corazón.
En realidad, todos los dones de todos los puntos cardinales
se equilibran con los demás. La audacia del águila se equilibra con la humildad
del sauce y la cautelosa sabiduría de la tortuga. El idealismo del norte se
equilibra con la sabiduría y la capacidad de pensar claramente que se adquiere
en el sur.
La enseñanza fundamental del sur es el equilibrio, porque la
sabiduría enseña que todas las cosas están entrelazadas. Y cuando el equilibrio
se aplica a la relación entre todos los seres humanos se convierte en justicia.
La justicia es el gran don del sur. Con su ayuda, el viajero puede ver todo cuanto
existe tal como es en realidad. Sin ella, no puede haber paz ni seguridad en el
mundo.
Desde el sur, podemos mirar hacia el norte y vemos cantando
dulces canciones de amor. Allí nos damos cuenta de que el conocimiento y la
comprensión no dependen sólo de la mente, sino que también se encuentran en el
corazón. Podemos mirar hacia el oriente y contemplar la estremecedora alegría de
nuestra hermanita laucha que observa el poniente, el lugar de lo desconocido.
Vemos su maravillosa capacidad de creer incluso en lo que no alcanza a ver y
nos damos cuenta, entonces, de que lo que nos falta por conocer es mucho más
extenso que todo lo que han conocido los más grandes sabios; y comprendemos lo
que es la humildad.
El misterio de todo lo que llega a su fin se encuentra en los
orígenes. El recorrido de los puntos cardinales no termina nunca. La capacidad
humana de desarrollarse jamás se agota. La rueda sagrada gira eternamente.

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